viernes, 11 de septiembre de 2009

Viejas huevonas

¿Hay algo peor que un imbécil? Sí, un imbécil que piensa de si mismo, que es algo mejor a una calabaza hueca, que llega incluso a opinar de su propia existencia que es algo mejor al desperdicio de recursos y esfuerzos que para sus semejantes, significa su parasitaria vida. Un imbécil que se sobrevalora en sus capacidades, más allá de toda evidencia física, mental o sicológica, y que fuera de eso, con toda impunidad hace alarde de esto ante quien le conviene y todo el que tenga el infortunio de estar cerca.

La sociedad suele tener estos cerebros de paja a niveles inauditos, de tal forma que conforme ascendemos en la pirámide social los encontramos de manera cada vez más frecuente, debido a generaciones y generaciones de in-selección natural, creo yo. Por que la mayoría se sabe estúpidos y cuando un estúpido dice “yo quiero hacer ese trabajo difícil” los otros miembros del rebaño dan un paso al costado y dejan al imbécil hacer lo que quiera; y luego son demasiado idiotas para darse cuenta de que el imbécil hace el trabajo incluso peor que cualquiera de ellos. Y a base de pequeños avances ésta gente, que no se da cuenta de lo promedio e insignificantes que son, infla e infla su ego, hasta que éste se hace insoportable para cualquiera con más de dos dedos de frente (que quedan muy pocos hoy día).

Debo decir que en mi entorno laboral la mayoría son mujeres, viejas huevonas, como las defino ahora… En estos estrechos límites debo soportar a estas espécimenes, y escuchar su parloteo inútil durante inaguantables horas en las cuales concentrarse en cualquier cosa se hace imposible. Necesitan a todo instante estar preguntando cualquier banalidad y pueden demorarse horas enteras solucionando problemas tan nimios, que solo exigían un pequeño ejercicio de voluntad y sentido común, si no abrir google y teclear un par de palabras. Pero no, tienen que consultarlo todo y siempre con ese aire de falso saber y de que lo que están haciendo es importante. Y con esa maldita hipocresía y educación exasperantes que te hacen preguntarte como hacen para soportar tanta melosería interna y no explotar por dentro un día y sacarse los intestinos con una navaja.

Pendejas de mierda… ¿que enfermedad mental las hace siempre tener de tratar de ir más allá de sus propias ocupaciones, solo para demostrar su patético interés y que están haciendo algo útil, cuando no hacen más que chismear? Las idioteces que dicen… oh Satán, las idioteces que dicen… ¿es que llevan aca más de un año y aun no han aprendido nada? Y todavía me dicen que debo ayudarles y “dialogar”… Malditas perras, no me interesa inflarles el ego aún más, en tres meses se aprende todo lo que se necesita en este oficio y el resto lo va descubriendo uno solo, que es esa necesidad estúpida de discutir pendejadas que a nadie le interesan… Como si 5 pollos discutiendo pudieran más que una persona pensante, pero así es, vale más una reunión de gallinas parlantes que cualquier tipo de lógica o razón. Estos seres no piensan, llegan a conclusiones como lo harían unos loros dentro de una jaula, exactamente de la misma ruidosa y lenta manera.

Lo peor es que parecen estar felices, como pequeñas roedores sueltas en su hábitat natural. Eso es lo que más me enerva, me preguntó, ¿que hacen acá? ¿si sus vidas son tan felices y perfectas que hacen acá? ¿o si se sienten tan a gusto en este maldito encierro y junto a sus congéneres por que no se cosen unas a otras y se comen mutuamente los cerebros?

Aveces siento deseos de que alguien las coja a patadas y les borre del todo esa actitud idiota, alguien que fuera lo suficientemente cochino o desesperado (porque ni buenas están) para secuestrarlas y torturarlas a diario hasta que se les borre esa sonrisa y esa continua preocupación por sus banales actos, como si estos tuvieran alguna importancia para nosotros los demás. Alguien que les muestre el lado realmente duro de la vida, alguien que les abra los ojos literalmente a su propia putrefacción y que les haga decir aunque sea una, una sola palabra de sentido odio, y no ese artificial chorro de flores de plástico que fluye como pus por sus pequeñas bocas.

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