miércoles, 19 de agosto de 2009

En un mundo ideal tú no existirías

En un mundo ideal… tú no existirías. Nunca habrías nacido. Destinado al error y al fracaso desde el nacimiento, como una ficha de domino que no puede evitar caer.

Tu vida es una mierda; tu mera existencia es una afrenta viviente a todo lo bueno, puro y bello. Si de algo hubieras podido enorgullecerte es de no haber expandido más tu miseria, más allá de los delicados límites de tu propio ser, pero ni de eso fuiste capaz, impregnando durante innumerables años, de tu frialdad y pasiva agresividad innatas, todo aquello que se te acercaba.

Algo que siempre te maravilló fue la despiadada naturaleza del tiempo; como una herida abierta no puede ser deshecha, como un golpe desafortunado no puede ser evitado, como un segundo de descuido y la fuerza de la gravedad pueden destruir sin remedio a un cuerpo humano. Tal interés te define, tal certidumbre.

Como antes, los sueños llegan a ser lo único agradable de la vida. Estás hastiado de tu condición humana, ¿que vida vale algo?, ¿qué género de vida podría ser preciosa o alabable, si tus ojos solo se encuentran con el patetismo que encontraría una civilización superavanzada, de cuento de hadas moderno, en la individualidad de una hormiga, que se arrastra desnuda y ciega de su destino, por su colonia? ¿El dinero te haría mejor o solo te haría olvidar por más tiempo? Cumplir todos los deseos… ¿sería la desagradable experiencia de destruirlos al tocarlos? Estás harto, incluso, de tu propia fisiología humana, de la inútil y costosa rutina que significa conservar con vida los millones de células que forman la masa que de vez en cuando llaman por tu nombre.

Harto de la belleza que no puedes tocar, harto de los paisajes lejanos, harto de mirar hacia delante y no encontrar sino el mismo destino, como un muro de hormigón al final de una angosta y monótona carretera. Un destino miserable, un destino de enfermedad y de muerte, y de olvido, de aliviante olvido. Muerte. Muerte que es tu verdadero nombre, el único nombre escrito en las complicadas variaciones de tu adn; aquel irremediable fin en el cual todas las estupideces de tu vida hallarán su sentido.

La muerte es tu única esperanza, la prueba final de tu humanidad, de que no eres otra cosa que ese amasijo prodigioso pero débil de compuestos orgánicos. Apresurar tu magro destino, o esperarlo con paciencia ascética, y fingir mientras tanto que la vida merece ser vivida; bien sabes que no haría ninguna diferencia.

martes, 11 de agosto de 2009

A la mierda estos judíos

La vida está llena de detalles molestos. Como lo puede ser, encontrar cada vez más frecuentemente pequeños sellos de certificaciones “kosher”, en los envoltorios de alimentos que se encuentran en cualquier supermercado.

No digo en una pequeña sección especializada, que sería tolerable, sino en TODAS PARTES y en alimentos destinados al público EN GENERAL. Es decir, como la mayoría, tengo la vaga idea de que “kosher” tiene que ver con algún tipo de estúpido ritual que realizan los judíos para sentirse superiores. Ahora bien, ¿por que demonios las empresas del sector de alimentos deben poner estos sellos en artículos que en un 99,9% consumen personas NO pertenecientes a esta religión en un país de MAYORÍA cristiana católica?

No hay duda, que preferiría no comprar ningún producto que tenga certificaciones religiosas, aunque fuera patrocinada por el Papa o tuviese estampado el mismísimo ombligo de SuperJesús o Buda; pero día a día uno se va quedando con menos opciones: salsas, cereales, café, etc, ahora todo parece requerir de la aprobación de los rabinos.

Eviten comprar artículos con este sello u otros similares.

Y es, que aun cuando nos traten de vender este sello como una certificación de “calidad” asimilable a una certificación ISO o ICONTEC, la verdad es que solo se trata de que un religioso judío superviso la producción de la comida y que tal vez recitó algunas palabras mágicas incomprensibles mientras realizaba sus ritos antidiluvianos. Como si su sola magnifica presencia tuviera algo de especial. Para un ateo, resulta ofensivo que le obliguen a subsidiar a una comunidad religiosa con la compra de artículos de primera necesidad. Sobre todo teniendo en cuenta que en nuestro caso particular, en Colombia, no hay más de 5000 personas que sigan esta dieta, que es simplemente manejar los alimentos como ordeno hace miles de años el dios judío, en ese libro de fábulas llamado antiguo testamento. Creo que desde entonces la industria alimentaria ha progresado en algo, y que resulta absurdo decir que este sello es un valor agregado cuando seguramente el costo de estas “certificaciones” será trasladado al consumidor final, y no hay ninguna evidencia científica, ni beneficio visible, que las sustente.

Agregaría, que incluso los ritos de sacrificio de estás practicas, asimilables a los que se ven en tribus salvajes del áfrica, han sido ya prohibidos en algunos países como Suecia, por parte de ligas de protección animal. De modo que insisto, a nadie que no fuera judío ortodoxo y seguidor estricto de esta comunidad, debería importarnos o parecernos loable la presencia de estas certificaciones en los envases de cada vez más alimentos comestibles.

Empero, tal parece que el borregismo y el seguir modas extranjeras beneficiosas para unos pocos, pueden más con los empresarios y la masa que el sentido común, y habremos de resignarnos a ser cada vez más cuidadosos al realizar las compras, para no encontrarnos con sorpresas desagradables, como en este caso, con un diezmo judaico. Por supuesto la invitación de este blog es a no apoyar éste, ni ningún otro género de merchandising religioso ni sectario.

Y con esto termina el Boletín del Consumidor de hoy.